Juan Francisco Mejía Betancourt
Consultor Internacional – Cofundador Soluciona Empresarial
Durante muchos años he acompañado a instituciones públicas y privadas, de distintos sectores y en varios países, en su intento por acceder a proyectos de cooperación internacional. Algunas lo han logrado con éxito. Otras, aun teniendo buenas ideas, se han quedado en el camino.
Con el tiempo he entendido que el problema rara vez es la falta de oportunidades. De hecho, hoy existen más fondos de cooperación que proyectos verdaderamente bien estructurados. El problema suele estar en cómo nos acercamos a ellos.
La cooperación internacional —multilateral, bilateral o privada— no funciona como un simple mecanismo de financiamiento. Tiene su propia lógica. Cada organismo tiene una agenda, prioridades temáticas, procedimientos técnicos y una forma particular de evaluar riesgos e impacto. No es un mundo improvisado, es un sistema altamente estructurado.
Y ahí es donde muchas organizaciones tropiezan.
He visto proyectos con enorme potencial quedarse fuera por no hablar el “idioma” del organismo financiador. También he visto organizaciones muy sólidas perder oportunidades por no tener sus estados financieros al día o por no contar con una estructura mínima que genere confianza.
Antes de pensar en presentar un proyecto, siempre recomiendo mirar hacia adentro. ¿Tenemos una estructura clara? ¿Un equipo técnico estable? ¿Estados financieros organizados? ¿Una junta directiva comprometida? Puede parecer básico, pero en cooperación internacional lo básico es determinante. Los fondos son públicos, la supervisión es rigurosa y la transparencia no es negociable.
Luego viene el proyecto en sí. Y aquí hay otro aprendizaje importante: no basta con tener una necesidad. Hay que convertirla en una propuesta estructurada.
Un buen proyecto parte de un problema concreto, plantea una solución realista y define indicadores medibles. Debe explicar con claridad qué cambiará cuando se ejecute y cómo se demostrará ese cambio. Los organismos buscan impacto, pero también buscan capacidad de ejecución.
Además, el proyecto debe estar alineado con las prioridades del financiador. No todos los organismos financian lo mismo ni en los mismos territorios. Hacer el “match” correcto es casi tan importante como la calidad técnica de la propuesta.
En mi experiencia, el relacionamiento también juega un papel clave. La cooperación internacional no es solo responder convocatorias públicas; es construir posicionamiento institucional, generar confianza y entender los tiempos de cada institución. A veces los procesos son largos, incluso frustrantes. Hay que tener paciencia.
Quizás uno de los mayores errores es pensar que la cooperación es una solución rápida de financiamiento. No lo es. Es una estrategia. Y como toda estrategia, requiere método.
Las organizaciones que logran resultados sostenidos suelen tener un banco de proyectos priorizados, un monitoreo permanente de fuentes de financiamiento y una metodología clara para formular y hacer seguimiento a propuestas. No trabajan de manera reactiva únicamente; combinan visión proactiva con capacidad de respuesta.
También he aprendido que el primer proyecto suele ser el más difícil. Después, cuando se demuestra capacidad de ejecución, el camino se hace menos incierto. La reputación pesa mucho en este entorno.
Y aquí viene una reflexión menos técnica y más personal: la cooperación internacional no solo transforma presupuestos, transforma organizaciones. Obliga a profesionalizar procesos, a medir impacto, a rendir cuentas, a pensar estratégicamente. En algunos casos, incluso cambia la cultura interna.
No todas las organizaciones están preparadas para eso, y está bien reconocerlo, pero aquellas que deciden dar el paso con seriedad descubren que la cooperación no es solo una fuente de recursos, sino una plataforma para crecer, aprender y conectarse globalmente.
En el contexto actual, donde los fondos buscan impacto real, sostenibilidad, digitalización e innovación, la pregunta no es si existen oportunidades. Existen.
La pregunta es si estamos dispuestos a prepararnos con formalidad para aprovecharlas.